Por Alejandra Merino Villegas

Los primeros párrafos del libro “Nadie recuerda su propia muerte” de Berenice Andrade Medina parecían chuscos hasta que llegué a la página 38 y las emociones empezaron a caer como las hojas otoñales de Denver. El exterior en mí se puso rojo y  luego se desvaneció. Y es que llegó la muerte del último hermano de la madre de Goyita y ella sabe que la maldición es real. Gregoria también era el nombre de mi abuela y ella falleció de causas naturales; el que no tuvo la misma suerte fue mi bisabuelo, quien, como decía don Alejo (mi abuelo), le dieron taco y en realidad era solo psicótico y paranoico como la mitad de mis primos más tristes, yo y mi hermano Joaquín. Bueno, el bisabuelo Merino, después de rondar por el pueblo, falleció. 

En el libro de Berenice Andrade Medina todo es ficticio, una historia de pueblo más, pero con mi familia las maldiciones sí están hechas a medida, porque no solo lo paterno nos traía efectos paranormales a la cabeza, sino la familia materna igual. A veces quiero creer que los suicidios solo son el efecto de un sistema mal organizado para los migrantes; por ejemplo, mi tía Guadalupe se suicidó en septiembre hace muchos años en un pueblo de Texas a las orillas. Mi madre enfureció cuando mandaron la descripción del forense y decía “raza” en vez de etnia o de origen mexicano. Pero ahí, aun cuando vivía del todo en México, no alcanzaba a entender la importancia de la salud mental en general. Menos de la organización en EE. UU. sobre las enfermedades mentales. Fue hasta el 2019 cuando nuestro primer abismo como familia tuvo fondo. 

Goyita, la protagonista de “Nadie recuerda su propia muerte”, como mi hermano Joaquín, empezaron a ir a consulta por problemas simples, el mal de la cabeza. Ambos tuvieron alucinaciones, ambos tuvieron que adaptarse a la sociedad y ambos tuvieron sus episodios de bienestar. A mi hermano, sin ser personaje, lo empastillaron por varios años porque los gringos creen: la calma viene en pastillas pequeñísimas para controlar el carácter. Un día mi hermanito desapareció. Como en todas las familias sobrevivientes de víctimas de suicidio, lo de nosotres ha sido reírnos; seguramente se fue al otro plano para no lavar los trastes, con tal de no comprarle regalo a su sobrina de cumple, con tal de no bailar el ratón vaquero el Día de la Madre. Se nos apaga la sonrisa porque, bueno, cualquiera puede seguir en la lista. 

Aunque la resiliencia ha estado ahí, es inevitable no sentir ese hormigueo del recuerdo en los antebrazos, las noches en que me acercaba a Ulises para palparle la espalda y escuchar su respiración por si no estaba muerto, las horas sentada a la orilla de la cama tomando media botella de vodka o los días sigilosos en la oscuridad del estacionamiento del Walmart. Pasó el duelo y es septiembre “amarillo”, como lo publican en redes sociales, y hace un par de años todo era tabú sobre el suicidio. Hoy lo han romantizado con publicaciones de prevención donde los datos sí aparecen, pero no describen la fatalidad real de un suicida. Está bien si quieren hablar (si queremos hablar), pero más que todo descansar, y ese descanso no viene con un rato haciendo nuestros hobbies; viene cuando paras de pensar. Sencillamente, si quieren prevenir, no desaten el pensamiento del suicida y de nuevo voy a recomendar el libro de Albert Camus “El mito de Sísifo” porque las risas no faltan y tampoco los insultos para el “despropósito”, porque ahora hay que tener todo el tiempo un propósito y yo me aburro.

Bueno, las maldiciones en casa continúan; en julio las desgracias nos abrazan y mi madre dijo que debería hacerme una limpia. Una vez un güey en mi casa me rezó para que se me saliera el diablo y otras veces un cualquiera me regaló un San Benito. Pero lo más prestigioso de toda esta representación de la vida en mi familia es la noble tarea de honrar a nuestros muertos; por tanto, feliz cumple 30, Joaquín. Espero que donde estés,

Recomendaciones

Musica

Maxwell’s Silver Hammer – The Beatles

God Only Knows – The Beach Boys

Libros

No todo el mundo- Marta Jimenez Serrano

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Soy Alejandra

Bienvenida(e)s a Golondrinas y Ovejas un pequeño blog personal donde escribo sobre viajes, lecturas y no monogamias. Disfruto leer y quejarme del mundo en general.

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