Por Alejandra Merino Villegas
Esta tarde mi hija me dijo: «no eres divertida». Admití no y sonreí ampliamente. Es verdad, no soy divertida. Y terminó de agregar: » papá sí es divertido». Admití sí y sonreí ampliamente de nuevo. Me pidió que la próxima vez llamara con su padre. Fue un momento enternecedor. De igual forma, su padre me envió fotos de cuando estaba embarazada de ella y no supe como no sacarme el corazón del pecho para hacerle un jarrón a mi hija y entregárselo cómo símbolo de gratitud y amor. La maternidad se ha romanizado tanto que bien podría ser una madre abnegada; sin embargo, soy la madre profesionista.
Todo el día estoy frente a la computadora haciendo cosas de oficina, leyendo cosas de oficina, revisando el chat de los oficinistas. Mi trabajo es agradable, estoy en casa la mayor parte del tiempo, a veces como las plantas, salgo al sol porque si no me da depresión, a veces el sol no sirve y eso me da mucho miedo. Me da miedo tener depresión porque recientemente leí “Los abismos” de Pilar Quintana y aunque antes había procurado libros de maternidad, este libro me revolvió el estómago.
Claudia, la narradora y protagonista de la novela, nos cuenta sobre su hogar pero se enfoca la mayor parte del tiempo en la vida de los adultos, principalmente la vida de su madre. Su madre está todo el tiempo con ella, pues Claudia es una niña de alrededor de 8 años o 9 años. Su voz es impactante cuando se entera de las muertes (suicidios) de diversas mujeres; es preocupante cuando nota que su madre cae en el abismo de la depresión y es desolador leer como durante las vacaciones su preocupación incrementa cuando su madre ebria trata de acercarse a un barranco para quitarse la vida. Durante toda la historia, Claudia va aprendiendo que las madres a veces se cansan de “las obligaciones”.
Aunque siempre está asustada. Por eso, cuando terminé de leer el libro no esperé para contarle a “él” mi miedo más profundo: <<Los pensamientos suicidas son más constantes, no quisiera asustar a mi hija con mis ganas de sumergirme en el abandono de mí misma.>> Su expresión de odio terminó de darle fuerza a sus palabras “Es que tú siempre te sientes mal” y mi cara de confusión soltó todas las ganas de volver a contarle algo; era sin duda miserable. Me recordó al padre de Claudia y no pude evitar dar gracias por saber que el padre de mi hija no se parecía a ninguno de estos dos personajes. También di gracias por la maternidad que estaba viviendo, la mayoría de mi comunidad está criando a mi hija, mi madre es la figura principal de cuidado al lado de mi padre y al lado del padre de mi hija.
Sin ellos la maternidad sería un cúmulo de aprendizajes solitarios con más dolor del necesario, con una depresión mal cuidada, con mi hija viéndome a oscuras en una habitación hedionda. O como en el “Tapiz Amarillo” de Charlotte Perkins Gilman una mujer abandonada en las manos negligentes de su esposo médico tras ella haber dado a luz, persuadida de su histeria y la necesidad de su silencio siempre; así sería mi maternidad. Una eterna novela repetida, con los mismos precipicios.
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