Por Alejandra Merino Villegas
A las 2:18 pm neva en Idaho springs. En mis audífonos suena “La herida” de los estrambóticos. Se me llenan los ojos de agua por una oleada indeseable de enojo en el cuerpo que sube de la boca del estómago a la sien y me acuerdo del lunes: mientras yo confesaba las razones por las cuales no debía quedarme: comentarios, corazones, amores nuevos. El sellaba los labios con la sagrada mentira. Aún así su cara boba y sus labios tiernos se despedía con un beso antes de marcharse al trabajo. Más tarde ese mismo día descubriría con intriga, me mintió. ¿Quién era la pendeja más pendeja de las pendejas: yo?
Pendeja y todo soy una buena ciudadana encajada bien en la sociedad, trabajo, produzco, limpio, no me pasó las luces rojas, no pego a los calvos, ni alzó la voz cuando me gritan. A veces en lo oculto de mi casa, en la comodidad de las sombras de mi habitación, abrazo con ternura, hablo quedito, quedito y lloro muy bajito para que él no se despierte porque debe despertar a las 5:30 AM todos los días para ir a trabajar. Y antes del lunes ponía mi mano en el pecho de él y sentía una luz de paz pero hoy todo el cuerpo me picaba y de repente sus abrazos eran pequeñas hormigas de azúcar mordiéndome.
Rabia, enojo, tristeza. ¿Cuánto hay que rogar para pedir un nimio pedazo de verdad? Al menos 3 veces hasta develar la historia completa. La conoció en una pizzería. Me lo imaginaba con la barba de 5 días, el sombrero y con un aroma a cigarro fresco. Se sentó frente a ella y con su inglés mocho lanzó unas palabras coquetas y estás fueron respondidas con tranquilidad. Sí hubiese sido una pizzería mexicana de rockeros pretenciosos de más de 40 sus palabras se hubiesen disuelto entre “Nubes” de caifanes como una señal:
“Pensarás que soy un perro
Que en el cerebro tengo moquillo
Que ladro y que no muerdo
Y que, soy un malagradecido”
Regresan a la conversación para conocerse por tres minutos, pasará una semana intensa y luego la decisión de buscar la libertad y buscar la complejidad de las posibilidades de tener ciertas necesidades cubiertas. Entonces con la misma cara aparecería fuera de mi casa y todo estaría bien porque completó su lista y dirá no, lo que me das yo me lo puedo dar, se remputara cuando lea esto.
Aun así, tras todas las emociones, después de un par de días de enojo supe, la mentira tiene un propósito y no me importa el propósito. Perdonar y dejar porque desde la moralidad lo último juzgado por mi fue hace más de 11 años. Anteriormente había necesitado reciprocidad para perdonar, un acto de “amor” desmedido, una serenata, flores, ser anunciada como la única. Hoy encuentro la reciprocidad dolorosa porque siempre se está buscando completar un listado de bienestar exterior, ni siquiera cumplo mi lista y a veces no quiero completar el listado de él tampoco
Solo quiero contemplarlo como la buena ciudadana que soy.
Musica:
“El Artista” Hello Seahorse
“Acurrucar” Silvana Estrada
“Nubes” Caifanes.
“Te quiero tanto” Kevin Kaarl
Libros
«El síndrome de la impostora: ¿Por qué las mujeres siguen sin creer en ellas mismas?» Elisabeth Cadoche y Anne de Montarlot







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