Por Alejandra Merino Villegas
Las mañanas de sábado son días de ir a comer empanadas y papas colombianas en la Chambers y la 6ta. Este punto ha sido de comunión por casi un año. Hay, en ese acto de compartir espacios con otros extraños, un momento de análisis crítico sobre aquellos clientes que llegan a comprar, por no decir chismes y críticas de desconocides. Mi compañero y yo tenemos un momento íntimo y de desarrollo cuando nos encontramos con la diversidad comunal de personas de otros países, también, claro, todes de habla hispana, todes latinoamericanos. Hay momentos en los que los desconocidos se incluyen en nuestra plática y nos reúnen con nuestros países de origen, con nuestros pueblos y con nuestras costumbres o nuestras labores antes de llegar a EE. UU. Nos recuerdan a veces, y lamentablemente, lo que ya no está ahí, lo que dejamos.
Sabemos que nos ha costado adaptarnos y el costo por nuestra estadía es bastante alto. Vivimos en el limbo social y emocional; relacionándonos con grupos de menos confianza y en los cuales no nos reconocemos, gente blanca adepta a nuestros movimientos, adictos a la envidia del crecimiento si no es por medio de la explotación y la precarización de nuestros cuerpos. Pero, sobre todo, pensamos y pensamos en salir corriendo a las posibilidades inconclusas y sentimientos de pérdida. Aunque llega alguien de repente al puesto de empanadas y papas y pregunta al señor “¿cuánto es por todo?”, informa que su pareja, además, es una chica colombiana y nos presentamos porque él, como yo, somos mexicanos, el del norte y yo del centro. Es un hombre chiquito con una van de trabajo. Volteo a ver a mi compañero y comento “mira, amor, el ejemplo del control”, él asiente con la cabeza y lo escuchamos muy atentamente.
Las primeras palabras del hombre tratan de chile (ají), todo hombre mexicano lo tiene en la boca de alguna u otra forma en todo momento. Dice “a mí no me gustan las arepas” y mis ojos se abren gigantes y mi compañero me toca la espalda en apoyo. Replico “a mí sí me gustan, de todo tipo”, luego incluye un comentario crudo sobre el caldo de papa y huevo. Me empiezo a molestar porque él jura solo comerlo con chile, chile, chile, chile. Está atravesado por el chile. Habla mal de su novia/esposa y mi enojo se acrecienta; primero la rabia es por la comida y luego por el uso de un cuerpo ajeno por el cual jamás se hubiese interesado sin esta migración.
Se aparecen ya las ganas vehementes de sobreanalizar desde mi pensamiento crítico y no solo desde el chisme. La curiosidad me incomoda, pues desearía saber si quizá la chica con la cual sale está con él por una necesidad de no caer en la soledad y el descuido en un país donde su familia no vive o solo comparten ideales. Muerdo mi empanada y ya no tengo nada para decirle, pues no encuentro una forma sutil de describir cómo su forma de denostar a la comida de su pareja es una clara señal de odio, control y poder.
Recomendaciones:
Libros
El contrato sexual- Carole Pateman
Bordelands/ La Frontera Gloria Anzaldúa
Cartografías de la diáspora: Identidades en cuestión- Avtar Brah







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