Por Alejandra Merino Villegas
Me levanto de la silla que está frente al escritorio y camino hacia una de las repisas del librero; veo de reojo unos cigarrillos. Son mentolados; su envoltura verde me gusta. Aunque yo odio el tabaco. Veo a mi hija, estoy en videollamada con ella, vaciando la avena en su plato y reconozco que le gusta más la avena mexicana, quizá por su dulzor o por su textura diferente; la tierra en la que fue sembrada seguramente contenía una receta mágica de sabores. Una necesidad de fumar me persigue por momentos; tal vez recuerdo los cigarrillos sabor a clavo, dulces y perfumados, y viendo aún a mi hija, me levanto y me preparo una infusión de limón para mi garganta. Regreso al escritorio y empiezo a divagar con las veces en las que tuve celos de mi metamor.
La cartera de uno de mis amores cae al suelo y, al levantarla, me encuentro una foto pequeñísima de él y su novia; ella besa su mejilla y él sonríe; su sonrisa es muy peculiar, tiene unos hoyuelos en las mejillas. El fondo de la foto tiene quizá árboles o son solo luces; cierro la cartera. Lo observó molesta… “Mariana me la dio», dice. Lanzó una carcajada y se me retuerce las tripas del enojo; suelto mi comentario pasivo-agresivo y me siento mejor. La tarde sigue tranquila y no hay nada de qué hablar; me abraza y aún no ha pasado nada. Después de un rato empiezo a declararle cómo me hizo sentir la foto; difumina mis inseguridades.
Mi hija cuelga la llamada. Me levanto de nuevo del escritorio pensando en el segundo tema de este mes para el blog y aún no sé sobre qué escribir; ya es enero 21, 2026. Abro la llave y se comienza a llenar la tina de baño; debería decirle bañera. Umm, sonaría sin identidad. Sale agua hirviendo y me siento muy bien con el vapor envolviendo las paredes. “Me siento tranquila sin ti, pero me incomoda estar lejos de ti, pero soy mejor sin ti, estoy casi siempre contenta, no tengo ansiedad, como bien, duermo bien, leo cuatro libros en un mes”, le digo y pienso, y “mañana es jueves”, me repito. ¿Qué pasó el jueves pasado? Hacía frío y esperaba llegar al hospedaje donde me iba a quedar. Escuché su voz en eco en un audio-mensaje. Se me van las ganas de disculparme. Vuelvo al agua y es tan cómoda, está extremadamente caliente y sumerjo la nuca, el cabello y mi cara hasta cubrirme con una ligera línea de agua. No hay ruidos exteriores.
Entra Ramona corriendo y maullando, la alarma para salir porque quiere agua y que abra la puerta del closet. Raquel… ¿Quién es Raquel? Estaba rumiando el nombre hasta que una línea picaresca del libro Andor alumbró mi boca.
«—Entonces… cuéntame de ti.»
“¿No odias cuando alguien te dice eso para que no haya un silencio incómodo? —dijo, molesta.” (40; 41)
Ya sé quién es, la autora de Andor. Me carcajeo. Enseguida más palabras: “…ella narra la historia de una violación y de los abusos sexuales a otras mujeres. Descubrí, además, que no se sobre consentimiento contigo y me sentí asqueada, perdóname”. Otra vez una imagen de su cara y a la par otro libro de Caitlin Moran. ¿Y los hombres qué? Sobre «consejos” o narraciones de historias acerca de anécdotas contadas por masculinos sobre desapego emocional, peleas, horrores del crecimiento que solo ellos entienden. Este libro parece la perfecta respuesta a Marissa, protagonista y narradora del libro El descontento, sobre las preguntas de la rabia masculina y el vocabulario bélico que usan los hombres para comunicarse. Me siento frente a la computadora, o debería decir computador… No sería perder mi identidad. Inicio de nuevo la escritura y sin más pongo punto final a las palabras porque no sé cuál es el tema más atractivo si en realidad ya no estoy entre la transición del fin de una relación a ya soy una persona saludable de nuevo. Desearía hacer una carlota de fresa y esperar a mi hombre para cenarnos una rebanada… Enciedo el cigarrillo.







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