Por Alejandra Merino Villegas
Todo me pertenece, mi espacio, mi escritorio, mi computadora, mi habitación. La cama es amplia, el techo y las paredes tienen un color blanco uniforme y Ramona me observa lejanamente. La carretera no está al lado, no es de noche y el frío en mis pies descalzos no se siente, no me grita nadie, no me calla nadie, estoy a salvo. Nadie se refiere a los habitantes de la ciudad sin casa como peste o flojos. Pero todo comulga en unión y las coincidencias siempre me unen a él. El proyecto Manhattan, la cúspide de la búsqueda de la bomba atómica entre Los Álamos, NM y Grand Junction, CO, como mayor extractor de uranio, lo secreto y el desierto siempre atraen a lo místico.
Por tanto, la búsqueda de la unión divina con nuestros seres se junta siempre ideando la destrucción y suena paradójico, pero de manera individual queremos llegar a un propósito mayor, o más bien, yo quiero encontrar el propósito. Después de una disputa, mejor dicho, una pelea sangrienta de gallos, con palabras como espolones, el resumen de fin de año fue la búsqueda del propósito, la necesidad de una conexión con lo pequeño de lo extraordinario y, sobre todo, el respeto a mi autonomía y aprender el arte del desapego.
Y entre las quejas hubo aprendizaje, primero sobre la unión y la inevitable historia que todo lo cohesiona y luego sobre los caminos que son una coincidencia. Además, el acompañamiento voraz, la búsqueda de una casa, de trabajo, de dinero, las largas horas en carretera y el puente de la suerte en el abismo oscuro del cariño. En este momento recuerdo las noches en espera porque tal vez no comió nada en el día, o el aroma peculiar, aceite, grasa. Las horas alrededor de la ciudad encontrando nuevas rutas para los paquetes, la comida, la nueva comida, el engaño a las grandes corporaciones y, sobre todo, la constante necesidad de huir uno del otro cuando todo se pone mal.
O somos una fisión nuclear de uranio, tal como lo fue la bomba atómica, y todo es arrasado. Pero al fin y al cabo es un aprendizaje constante y una experiencia única. ¿Cuánto tiempo deberemos esperar para madurar y aprender a convivir? Ya se terminó el tiempo y, como toda construcción, en el lugar más triste para escribir, Grand Junction, estamos deteriorados por lo que nos queda de vida y no hay ni un átimo de reconstrucción, ni futuro, ni gloria.
Recomendaciones
Libros
Inventing Los Alamos: The Growth of an Atomic Community – Jon Hunner
Musica
Estabamos tan bien– Daniela Spalla
Mala y New Year poems- Jill Burkey







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