Por Alejandra Merino Villegas
La presión del aire inhibe los pensamientos, las dos mil millas de distancia de cualquier mal aleja la ansiedad y aquí en una banqueta, sentada, sola, comiéndome una oblea, observó, sonrió y al fin mis pulmones se llenaron de un revitalizante aire. Lo romantizo todo, los árboles, las flores, el dialecto, las voces fuertes, la gente, hasta el pequeño tráfico que no asusta a nadie; las palabras son tan diferentes que parece una simulación o me son extrañas. Nadie quiere venir a esta ciudad porque está muy alejada de lo turístico, pero a mí me pertenece, las baldosas del piso, las casas amarillas con rojo, las tejas y la humedad de las paredes tan blancas de la casa de la cultura, el agua del jardín botánico, el lago de Floridablanca y hasta esas cafeterías escondidas donde nadie llama café al café, todo es rojo profundo en la taza y lo disfruto.
Aquí la luz natural es diferente a la de Denver, a la de Neutla y a la de todos aquellos lugares que preservan mi memoria. Hay personas platicando y yo, sin querer, me inmiscuyo porque nada me da miedo y es como si la plática ajena me importara. Vea, a nadie conozco aquí, pero mi acento llama la atención y parece impúdico no responder a cómo se ve el mundo desde mis ojos. Hay carcajadas y estoy en paz contando con alegría que llegué por alguien que me dañó (no lo digo), hablo de sus virtudes y la impresión tan descomunal que me dejó que solo viajé para ver si yo veía con los mismos ojos todo aquello en su pasado. En seguida, se corta de tajo el sabor del milhojas porque quiero enviar un mensaje malvado que descontrolará la vida de aquel y no lo hago… veo a Cristo similar al Cristo de mi pueblo, alto, blanco y en una montaña; todos se acercan pero sin la devoción católica de hincarse desde la entrada hasta sus pies para pedir un milagro. ¿Por qué aquí no hay dolor para merecer?
“Porque es solo un parque turístico.” ¡Aaah! ¡Qué impresión! Sería una blasfemia en mi pueblo colocar al Santísimo como atracción y sonrío a mis adentros porque tal vez no confundo las aceitunas con uvas, pero no entiendo nada de lo performativo de la imagen de Jesús; ahora que lo escribo me parece atrevido no dudar del desconocimiento tan voraz sobre los otros. Todo parece la reminiscencia de una plática pasada, me llega de golpe el encierro, los ojos se me ponen llorosos. “El tiempo de las mujeres es el tiempo de la espera, en el sentido de que lo trascendente de sus propias vidas siempre se les otorga por lo ajeno: los hombres, los hijos, el matrimonio, la familia” (267). Medito y rumeo la frase de Marcela Lagarde. Todo alrededor se vuelve una pregunta y una respuesta contundente me acecha, es la primera vez que viajo tan lejos por el solo pensamiento de un hombre que ni siquiera está aquí. Aunque esta vez he ganado porque él no sabe de esto y eso cancela el control y la complacencia.
Se terminan las vacaciones y entonces lo veo; salimos a comer. Lanzó una cuestión como hablándole a la pared: “¿Por qué las baldosas del piso de tu ciudad son redondas y con adornos y solo están por la mitad de la banqueta?” Su semblante cambia. “¿Por qué preguntas?” Me dio curiosidad, respondo. Me voltea a ver enfurecido como si supiera lo que sigue. “Estuve ahí,” continúo y la voz entrecortada replica “No te creo nada, a usted no le creo nada, me ha mentido cantidad de veces, siento rabia, no quiero hablar. Por mi madre no vuelvo a buscarla.” Sus palabras palpitan en mi cabeza. Lo leo como un libro cuando comienza a juzgarme y Elena Ferrante en “La vida mentirosa de los adultos” me apremia con lo que más tarde mostraría la verdadera cara de él: “Aprendí a mentir a mis padres cada vez más… Fue él (mi padre) quien me martilló con que nunca había que mentir. Pero después de visitar a Vittoria me pareció inevitable” (53). La protagonista, tras conocer a su tía, le da una nueva perspectiva de la adolescencia y decide mentir. Término.
Pero antes escuché “Fui a misa y llegué a dormir”, estaba mintiéndole a su madre. Me levanté y me reí porque la ironía de este acto ponía en cuenta la demostración más pura de la mentira para no lastimar a quien se ama. De todo a todo y de nada a nada, desearía haber pasado más tiempo comiendo y hablando con desconocidos en tierra ajena que escuchando el parloteo del yo, yo, yo de este muchacho que no cedía al diálogo frontal, ni al emocional.
Lagarde y de los Rios, Marcela. Los cautiverios de las mujeres. Madresposas,monjas, putas, presas y locas. Siglo veintuno editores, segunda edicion 2015.
Ferrante, elena. La vida mentirosa de los adultos. Lumen, Primera edicion 2020.
Recomendaciones
Serie » La vida mentirosa de los adultos»
Libro, «Por qué el amor nos duele tanto: Una novela sobre el amor romántico y otras trampas cotidianas.» Lucía Etxebarria
Tema, «Maltrato emocional y psicologico» https://www.womenslaw.org/es/sobre-el-maltrato/formas-especificas-de-maltrato/maltrato-emocional-y-psicologico
Tema, «Abuso emocional y verbal» https://espanol.womenshealth.gov/relationships-and-safety/other-types/emotional-and-verbal-abuse








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