¡Aleja, arde, Aleja!: La experiencia del unicornio.

Por Alejandra Merino Villegas

Son difíciles de borrar de la memoria las experiencias no monógamas de cualquier tipo: éticas y no éticas, en conjunto y sin conjunto, virtuales y presenciales. Algunas, en ocasiones, se quedan plantadas tan profundamente que se enganchan a mi cerebro como una raíz de árbol sin fin, caminan por mi espina dorsal y se apropian de mi cuerpo; termino pensando en estas experiencias todo el día y quiero ser una buena poliamorosa. Inevitablemente, no lo soy. Admito que las experiencias más raudas de este año se relacionan menos con el amor y más con el conocimiento de índole sexual, pero sobre todo con el conocimiento de la complacencia del cuerpo propio y ajeno y la falta de ética para conseguir dos minutos de orgasmo.

Antes de comenzar a narrar mis experiencias en este texto, debo admitir que no soy sexóloga, ni psicóloga, ni alta influencer de las no monogamias; si acaso he leído un par de libros y convivido con un par de personas en relaciones afectivo-sexuales. Por tanto, me limitaré a la experiencia propia y a rellenar con un par de citas de un libro los espacios de mi memoria que, por falta de conocimiento, no sé explicar a profundidad.

El consumo de cuerpos es un bombardeo constante en redes como Instagram y TikTok: caras hegemónicas, cuerpos hegemónicos, aplicaciones de citas como sugerencia y, sobre todo, un slogan que oculta las verdaderas intenciones: “Aquí está tu pareja ideal”. No. Van pasando y pasando a través de mis ojos y, de repente, de la nada, un mensaje cuestionando si deseo hacer un trío y, ummm, qué propuesta, salí en los anuncios de alguien, al parecer; me replanteo. ¿¿Parecerá muy fácil si accedo o esto es parte de las no monogamias?? ¿Cómo deseo vivir este año? Acepté. No me sorprendió, es un conocido del pasado que terminó una encantadora relación conmigo porque se dio cuenta de las profundas ganas que tenía de formar una familia monógama, heterosexual, panista. La formó, está casado con su amor ideal y, hacían en ese momento (cuando me pidieron el trío) uso de la juventud y la necesidad de diversificar su lazo para solidificar su relación. Soy la tercera en discordia, pero “buena onda”, “buena muchacha”, la toda yo siempre entiendo. Y la prueba compleja de fidelidad.

Brigitte Vasallo, en su libro “Pensamiento monogamo, terror poliamoroso”, dice: “La fidelidad, por lo tanto, es un concepto imprescindible para una sociedad que se cree formada por individuos solos y, obviamente, aterrorizados ante esa soledad. Individuos que necesitan un respiro, un espacio mínimo de seguridad en el que sentirse acompañados, unidos a través de la promesa de la fidelidad. (54)” En pocas palabras, esta pareja conmigo formaba una alianza; yo era el obstáculo a superar. Somos tan fieles que este trío solo será algo sexual (debería explicar que es obvio, pero los sentimientos de cualquier índole siempre se desarrollan, aun teniendo acuerdos explícitos de coito solamente). Se dio bien el trío, pero quedaron residuos de charlas sobre engaño al cual me vi sujeta por un par de meses, siendo, lamentablemente, la conciencia de uno de los dos. “¿Cómo te sentirías si te hiciera lo mismo?” le repetía. Y el ciclo de esa conversación se cerró hace unos días.

Termino porque se me acabaron las justificaciones sobre la falta de ética de esa conversación y como me estaba apegando a la mentira, a lo oculto, a la traición, y porque el recuerdo de otro trío comenzó a perseguirme. Ya entrado el año y en una relación de exclusividad (aclaro porque odio dañar), la que proponía reforzar el amor era yo; lo que parecía una encantadora sugerencia terminaría en meses de celos, resentimiento y pláticas a mis espaldas sobre mi enternecedora forma de comportamiento. No estaba desafiando nada, me metí en una red difícil de destejer hasta el punto de tratar de hacer que ardiera todo para dejar atrás las ganas de probar que “ey, yo también era fiel y cool y podía ser exclusiva aunque me besara ante los ojos de mi amor con una mujer”. Otra mentira más: esto no me pertenecía, me asustaba, no disfrutaba ni un segundo de todas las consecuencias desfavorables de mis actos que debieron quedarse como una buena experiencia sin lucha por “conseguirme”. Vasallo tiene la razón: “… hemos definido la monogamia a partir de tres características, la jerarquía, la exclusión y la confrontación; la creación de las redes afectivas tendrá que ver con la dinamitación de estos tres elementos. (80)” Es decir, tuve que romperlo todo, la relación con la pareja del primer trío y la relación de mi más exclusivo pensamiento con “el amor” y la posicionada como tercera en “discordia”.

No soy una buena poliamorosa.

Nota: entiendo que la palabra unicornio es deshumanizante pero se uso con propositos de representacion.

Vasallo, Brigitte. Pensamiento monogamo, terror poliamoroso. La oveja roja, 2018.

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Soy Alejandra

Bienvenida(e)s a Golondrinas y Ovejas un pequeño blog personal donde escribo sobre viajes, lecturas y no monogamias. Disfruto leer y quejarme del mundo en general.

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