Por Alejandra Merino Villegas
Me estruja en un abrazo el recuerdo las entrañas, mis ojos se aguadan e imagino la idealización del ojalá, ojalá hoy sea el día para recibir disculpas, ojalá hoy sea el día para reconciliar errores… No hay comunicación. Solo espero y espero a la mejora hasta dejar de sentir ese apretón en el estómago.
Me he lastimado a mí misma poniendo expectativas irreales sobre un “amor”. ¿Cuántos acuerdos rotos he tenido que vivir para llegar a una comunicación asertiva y un amor compasivo? “Se perdió el amor” me dijo alguien por ahí. No lo perdí porque no lo pedí. Me extrañaba pensar en pedir lo que necesito como cuando era pequeña y pedía una naranja a mi madre, quien con voz suave me explicaba: ya casi está la comida, ¿podrías esperar o quieres la naranja ya? A veces esperaba, otras no. Entonces cuando crecí y vi la oferta de «amor» noté la desdicha de adivinar qué buscaba en mí, cómo podría complacer o qué podría ofrecer. Nadie me preguntó si podía esperar y yo jamás decía que necesitaba.
Con el paso del tiempo, mis necesidades crecían y, con ellas, la expectativa de merecer. Entonces lloraba. Sin embargo, al final del llanto, no encontraba el consuelo de mi madre o padre dándome un abrazo. El pecho se me acongojaba de nuevo, qué escueto el amor romántico, siempre esperando y tratando de merecer sin que se te permita hablar.
Y esa tarde, cuando el teléfono sonó, lo primero fue decirle: debo bloquearte porque te he pedido lo que necesito y tú acudes a no dialogar y, si no dialogas, me enojo y exploto y luego tú me pides que no te grite y yo me callo para no empeorarlo. En fin, colgó la llamada molesto. Una vez más, qué breve es el amor romántico.
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